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Vicente Nieto Canedo PDF Imprimir E-Mail

Un gran fotógrafo en otros tiempos de crisis

Texto: Beatriz Acinas Villanueva

Fotografías: José Luis Tejedor Morales

Vicente Nieto Canedo se descubrió a sí mismo cuando contaba con casi 90 años, y también la mayoría del mundo fotográfico actual. Ahora se revela, ante la mirada atónita de los socios más jóvenes, como uno de los máximos exponentes de la Real Sociedad Fotográfica,  a la que pertenece desde hace más de 50 años,  y no sólo como su socio más antiguo en vida.

Es autor de una fotografía dotada de un poderoso punto de vista de la realidad social de los años 50. Nieto cuida los encuadres y la composición al máximo. Jugó magistralmente  con la profundidad de campo, los desenfoques, las luces y las sombras, que metafórica y sutilmente  describen la realidad de una época con impactante fidelidad y ausencia de intereses políticos. Por eso su trabajo es hoy de gran valor no solo artístico sino documental e histórico. Su obra habla por si sola de la vida cotidiana de los que ahora podrían reírse de nuestra actual crisis.

De la crisis y de la vida colmada de limitaciones huyó precisamente él, y ello le costó el sacrificio de su pasión, la fotografía, al convertirse en agente comercial de material fotográfico en 1963 y verse obligado a desmontar su propio laboratorio para contar con un almacén.

Pasó veinte años alejado de lo que para él fue un modo de vida y la emoción le sobrevino cuando volvió a ver su trabajo. Un crítico de arte le buscó asiduamente y al revisar su material le propuso hacer su primera exposición en 2002, organizada por el Patronato Municipal de Cultura de Guadalajara, y le “sacó del pozo”, como él suele decir, cuando contaba con 89 años. La última exposición, en 2009, le ha llevado a su Ponferrada natal, donde ha obtenido el reconocimiento público a su trabajo de mano de sus paisanos.

Nuestra memoria colectiva no puede obviar a fotógrafos como Nieto Canedo, durante años olvidados quizá debido a la ignorancia y los trasfondos políticos y sociales que a veces marginan a quienes no defienden causas, sino realidades. Vicente Nieto Canedo, el mejor ojo para descubrir el contenido y encuadre perfectos en otros tiempos de crisis, supo leer entrelíneas cuando disparaba clamando: “¡Coño, esta es la fotografía!”

 

LA REAL SOCIEDAD FOTOGRAFICA

“Yo trabajé para La Fotográfica como nadie, y con gusto, no me pesa nada”

La Real Sociedad Fotográfica ha significado mucho en su vida

            Yo he trabajado para la Asociación con un placer enorme. Llevé el boletín nada menos que seis años, del 57 al 63, hasta que cambió la directiva. Los fundadores eran marqueses, y  aguantaban unos tres meses, había poca colaboración. Lo primero que hice al entrar en 1955 fue escribir un artículo pidiendo  dinero para la biblioteca, que no teníamos ni cinco, y yo mismo puse cincuenta ptas. Empecé a transformar el boletín  un poco y busqué colaboradores, no tomé nota de ellos y luego me dejaron solo. Yo utilizaba cinco pseudónimos, firmaba como NT, la abreviación de Nieto, así no se sabía que era yo el que escribía casi todo. Salíamos de excursión y yo era el reporter, y no dejó de salir ni un mes. Cuando lo dejé, ya empezó a salir cada dos meses.

Entonces usted le dedicaba muchísimo tiempo.

            Trabajaba todo lo que podía, y no me pesa porque yo siempre he dicho que la Asociación es mi segundo hogar. Lo último que escribí fue 54 escalones, me pidieron que escribiera el epílogo del libro de la historia de la Real Sociedad Fotográfica (RSF), en 2004.

El libro de la historia de la Asociación es de verdad muy interesante, y usted forma parte de ella.

            Si, es como una novela de aventuras. ¿Si o no?

Sí, de hecho la RSF es algo más longeva que usted… 110 años. Incluso Alfonso XIII fue partícipe de sus comienzos.

            Si, tenía él 17 años. La Asociación se fundó el 1899.

            Él la convirtió en “Real” y en 1902 él inauguró la primera exposición.

Y justo cien años después  inauguró usted la suya, en 2002.

            Si, como hice la exposición  en Guadalajara, pensé “caramba ha sido un éxito”, qué mayor honor para mi que hacerla en “La Fotográfica”, con lo que la quiero, así que hice dos exposiciones más en la Real, una en 2006 y otra en 2007.

Y ahora ha encontrado un gran reconocimiento a su trabajo

            Fíjate, están esperando en la Asociación a que cumpla cien años para hacer otra exposición. ¡Me dicen que ese día lo ponen todo patas arriba!

Volvamos a la novela de aventuras.  Durante la guerra civil la RSF sobrevivió de manera ejemplar, ya que el interés de los socios y la afición que les unía fue más fuerte que las diferencias políticas entre ellos.

            Afortunadamente La Fotográfica quedó al margen de esas cosas. Ahí hubo un acierto formidable, si no hubiera desaparecido la Asociación.

Es curioso como  le llaman “La Fotográfica”  los socios de su época y ahora le llaman “La Real”.

            Yo tengo una razón, una deducción: En la Dictadura no podías decir “Real”, me imagino que viene de ahí, son temas políticos…

 ¿A qué edad entró a formar parte de la RSF?

            Yo entré en la RSF a los 42 años, y hago fotos desde el año 33, con una cámara de 13 pesetas comprada en almacenes SEPU cuando tenía 20 años. Yo no tenía idea de la fotografía, no había visto nada, y una ampliadora mucho menos, no hablemos de exposición, ni de trípode… me decían: “apoya la cámara sobre el respaldo de una silla y ahí sin moverte”.

Y llegó a tener su propio laboratorio…

            Si, al año de ingresar en La Fotográfica.

En 1952 nace Arte Fotográfico, dirigida por I. Barceló, que fue revista referente de la fotografía, y colabora usted en este proyecto, además de consumirlo asiduamente.

            Si, era un referente a nivel nacional. En uno de sus primeros números, leí anunciado el primer concurso nacional de noveles de la Real, yo, que no encontraba un centro de fotografía. Yo, que no sabía ni lo que era un trípode… Más adelante colaboré con artículos propios en la sección dedicada a los errores que se cometen con la máquina.

¿Y fue así como conoció la RSF?

            Yo buscaba un sitio donde aprender, un club, una sociedad… En la calle del Carmen estaba la “Casa del aficionado” que ya no existe, y justo al ir a recoger unas fotos ví esa exposición de noveles de la Real, y me dije: “a ver si valgo”. Era un concurso de dos fotografías de 18 x 24. Me compré la Fowell de trescientas ptas., que después de la de trece era un gran salto y pensé que era el no va más. Cuando llegué a La Fotográfica me encontré máquinas de dos mil ptas.…¡y yo que pensé que tenía algo! Y en realidad no tenía nada. Con la de trece ptas. hice mejores fotos que con la otra, que era de cuando España empezaba a fabricar. En cambio la primera que tuve era Kodak, la Kodak Baby Brownie.

¿Y se presentó al concurso de noveles?

            Sí, presenté 3 fotos, dos también a nombre de mi mujer y de mi cuñado, ¡y resulta que ganamos tres accésit!  El premio fue un año gratis en la Asociación. Ahora llevo cincuenta años de socio, y sigo yendo a las exposiciones, siempre lo comento para estimular a la gente que me encuentro.

El caso es que cuando usted fue más activo en la Asociación, en los años 50, era un referente de la fotografía en ese momento, una época dorada de la Asociación.

            Sí, así es. Al año de estar allí ya me dieron un premio. Estábamos presentes en muchos salones, había mucho movimiento.

Decía I. Barceló en sus “Recuerdos de la Real”, que colgar una foto en el Salón de Londres, era algo así como lograr un publitzer o casi un premio nobel.

            Pues yo tengo un premio en Londres…es curioso. En la Escuela Nacional de Artes Gráficas tenían ampliadoras, objetivos, todo de uso gratis, allí obtuve primeros y segundos premios. En La Fotográfica teníamos incluso un laboratorio, pero lo que ocurría es que se daba uno de alta, alguien se llevaba un objetivo que valía 2000 ptas. y no volvía. Alguien se llevó mi premio de Londres a su casa, nunca lo vi.

            Antes, que nos colgaran una foto en un salón ya era un honor. Yo por ejemplo  no me atrevía a hacer exposiciones, no me parecían tan buenas.

¿Por qué se ha mantenido tan fiel a la RSF?

            Para mi no ha habido más, mi segundo hogar… yo tenía esa obsesión por hacer fotos, el día que fui a darme de alta, estaba el vicepresidente. Estaban colgando una exposición, me ofrecí a ayudarles, sentía ganas de hacer algo, la fotografía era fundamental e indispensable en mi vida.

En la Asociación tienen sus  fotos en el archivo?

            Ellos tienen parte. Habrá cosas buenas y cosas malas también.

Es usted muy modesto.

            No, soy sincero.

¿La RSF como la ve ahora?

            Le falta un poco de actividad, pero le deseo otros cien años más.

¿Y qué tendrían que hacer?

            Es la manera de vivir, hoy se vive de una manera tan rápida… antes había una gran actividad, íbamos a pasar el rato, ahora se ve todo como un negocio, y yo por ejemplo no he vendido una foto en mi vida. Antes la fotografía era un entretenimiento, ahora se ve más como un negocio.

¿Cómo se  puede financiar una Asociación de este perfil?

            Bueno, ya ves que se llama “Real”, quizá podía partir del Rey,  y podría venir cierto apoyo… se habló de contactarles y mandarles el libro de la historia para que la conocieran pero al final no se ha hecho según creo.

 

LA FOTOGRAFÍA  Y SU VIDA

¿Se considera usted un amateur, un profesional o un aficionado de la fotografía?

            Yo soy un amateur, soy amante de la fotografía por encima de todo. Me molesta lo de aficionado, que es alguien que coge la cámara para hacer fotos de su familia y no pasa de ahí.

Antes de la guerra ya hacía usted fotos. No era fácil conocer de cerca el mundo fotográfico ni acceder a material… ¿Cómo lo consiguió?

            Con 14 años, en el estanco de mi padre en la plaza de la Encina 14, cogíamos los trozos de película que se rompían de otras cámaras y por unos céntimos comprábamos papel sensible. Revelábamos las fotos al sol, pero se nos borraban al momento claro, y un señor que nos observaba nos propuso meterlas en agua con sal, que es como el hiposulfito en cierta manera.

            Vine a Madrid  con 14 años con unos tíos y llevaba a mis sobrinos con pan y chocolate al parque del Oeste. Pero no tenía una perra gorda. No sé como compré esa cámara en los almacenes Sepu, ni me lo explico, pero he hecho cientos y cientos de fotos con ella y también en la guerra.

¿Y durante la guerra qué paso con usted?

            Cuando fuí a la guerra me dieron un mono, un fusil y unas balas en el bolsillo que me iban jorobando. Yo de guerra no sabía una palabra, yo creo que no he matado a nadie…

            Estuve en las trincheras un año. Allí, mientras comíamos unas latas de sardinas, hubo bombardeos con morteros y tuvimos que irnos. No podía pasar la intendencia. Pasó un capitán y nos dijo que debíamos comer caliente, y preguntó si alguien sabía escribir a máquina. Todos me miraron: “Nieto”, dijeron. Yo era taquígrafo, “yo redacto bien”, les dije. “Vente conmigo”, dijo el superior, y me metieron a la oficina, en la tercera división, y así dejé el campo de batalla.

¿Y en qué momento se hizo con una cámara para hacer fotos durante la guerra?

            En la trinchera no puedes hacer fotos, no podía ni pensar en ello, ni me acordaba para nada…Ya en la oficina le pedí a mi sobrina la cámara y me la envió. Hacía fotos de tenientes, cartógrafos mirando el mapa para ver donde estaba en enemigo, soldados subidos en un carro de bueyes. Por entonces apoyaba la cámara en el respaldo de una silla, yo no sabía ni lo que era un trípode, mostraba lo que veía, simplemente.

En los años 40 me imagino que también fue duro mantener su actividad ...

            Ahí solo hacía fotos en el Manzanares, teníamos un hotelito, los habían hecho para la guardia del Rey, pero como a Alfonso XII se le echó, se los dieron a los empleados del Estado, y como mi cuñado lo era lo cogió.

¿Cómo se las arreglaban para conseguir material fotográfico en aquellos tiempos de tantas carencias?

            Yo solo leía “Arte fotográfico”, no había dinero para más. El presidente de la Real era José Loigorri, un tío fenómeno. Nos decía: “los que quieran filtros, usad dos filtros de café, uno para el fijador y otro para el revelador”. Hoy hubiéramos hecho daño al comercio, pero antes era todo rudimentario, nos buscábamos la vida.

            Yo no hice fotos de verdad hasta que ingresé en la Real. Yo no sabía nada de nada. Disparaba y llevaba los carretes a revelar a la Casa del Aficionado. “Tú dispara y lo demás lo hacemos nosotros”, era su lema. Pero todo el mundo me decía: qué fotos más bonitas haces y empecé a pensar: “caramba, tengo que aprender técnica”.

            En aquel primer concurso de La Fotográfica, el secretario nos invitó a su casa a unos pocos que acabábamos de ingresar, y metió un 6 x 6 en una ampliadora y la puso alta y mi primera reacción fue “¿¿pero esto se puede hacer??” Ahí ya empecé a relacionarme y a debatir sobra lo que era bueno, lo malo, como hacer las cosas…

¿El Pictorialismo fue un estilo muy trabajado en aquellos años, ¿qué opina?

            Si, era una tendencia muy corriente en la época, en la Asociación se hacía, incluso uno vistió a su nieta de menina. Pero nosotros empezamos a hacer la calle, a mostrar como vivía la gente.

¿Siempre trabajó en blanco y negro?

            Lo que ocurrió es que cuando empezó el color, en el 63, el presidente de la Real Ignacio Barceló, y de Arte Fotográfico, estaba buscando un agente comercial y no encontraba nadie que le convenciera.

            “Nieto, salga mañana para Barcelona”, me dijo. Yo le contesté: “No sé vender, no sé nada de esto, no puedo improvisar así”. Yo comentaba con mi mujer, “¿qué voy a hacer, aprenderme un libro de 30 páginas?”. Mi mujer no se metía mucho en mis cosas, pero era una época tan mala… había que comer, y decía ella: “pues tendremos que irnos a Alemania a fregar platos”, así que mi respuesta fue: “Tienes razón: ¡A Barcelona!”

            La verdad es que no he echado de menos el color, el blanco y negro es más difícil, lo tienes que traducir, y  es más elegante.

Y se hizo agente comercial

            Si, me decía Ignacio Barceló: “sabes el noventa por ciento de fotografía”. Los primeros pedidos que hice venían de Barcelona y no podían ser de otro sitio, pero si no tenía ahí el material no me lo compraban, así que convertí mi laboratorio en un almacén, y dejé la fotografía los 20 años que estuve de agente comercial, no me di de baja en La Fotográfica, pero no me daba tiempo a ir. Cuando volví, todos los directivos eran chicas.

Un gran contraste frente a lo que había dejado tantos años atrás, me imagino…

            Tuvimos una primera chica como en el años 57- 58, a la que dediqué un artículo en el boletín homenajeándola, pero vio que todo absolutamente eran hombres y al final se dio de baja. Tenía que haberse sentado con nosotros. Entonces no había chicas y mira, veinte años después la presidenta era una mujer. Pero yo ya iba poco, terminaba tarde, trabajaba mucho y no me daba tiempo.

¿Cuanto tiempo llevaba usted sin ver sus fotos?

            Los 20 años que trabajé como agente comercial. Yo mismo me emocioné con mis fotos al volverlas a ver para preparar las exposiciones. Fue un gran descubrimiento.

¿Cómo surgió su primera exposición después de veinte años alejado de la fotografía?

            Me sacaron del pozo los de Guadalajara… El crítico de arte Francisco Vicent Galdón llamó a La Fotográfica buscándome y en un primer momento confundieron mi nombre con el de otro Nieto que ya había fallecido. Pero no se dio por vencido hasta que dio conmigo. Iban a celebrar el aniversario de la Agrupación fotográfica de Guadalajara, y en un libro de la sociedad de allí descubrieron que yo tenía varios premios. Yo tenía mi trabajo ya archivado, en cajas de cartón,  como algo pasado que ya no valía nada. Y luego resulta que son una referencia, es grande esto. Yo no hacía nada ya, no me daba cuenta del valor que tiene una cosa pasados los años, son el reflejo de una época. Le mandé muchas cosas y un libro con cincuenta fotos. Les gustó tanto que me ofrecieron hacer una exposición. Fue un éxito. Muchos opinaban que para el tiempo que fueron hechas, eran atrevidas.

También una de sus fotos se utilizó como portada de un libro.

            Me llamó un señor, Manuel Cuenya, para utilizar una de mis fotos, “La niña de la lechera” de portada en su libro “Trasmundo”, había pedido en Ponferrada al Instituto de Estudios Bercianos alguna de mis fotos. Se las podía haber vendido pero como era algo literario le cedí los derechos. Hay una anécdota y fue gracioso, cuando la presidenta le preguntó a uno de los miembros del instituto qué le parecía el libro, le contestó: “pues lo mejor es la foto de la portada”. Es una vanidad eh…

¿Qué es lo más bonito que le han dicho recientemente sobre su trabajo?

            Yo no miento, no me gusta, pero me emociono. El Mundo de León, publicó un artículo con cinco fotos. Me han tratado… imagínate lo que es hacer una exposición en mi tierra a los 96 años, que ya no existe mi familia, que mi casa ha estado más de cien años, pero yo soy el pequeño y mira mi edad, dónde están ya los demás. Una periodista, Susana Martín, que escribió el artículo sobre mi exposición,  me dice: “Su trabajo es una maravilla, gracias por compartirlo con todos y enhorabuena” Eso me llenó de emoción, porque a mi me gustan mis fotos pero no pensé que se podía llegar a tanto. Decir una maravilla…yo no pensaba que tenían tanta importancia.

¿Aún conserva su antigua cámara, la primera que tuvo?  

            Me enseña su cámara Kodak Bay Brownie del año 33, con la que a cualquier aficionado de hoy en día le resultaría casi imposible realizar un encuadre certero. Tiene por visor  un pequeño recuadro metálico.

            “Tenía veinte años cuando la estrené. Tú fíjate en el visor, al principio buscaba el centro pero claro, esto bajaba. Con esta cámara al principio cortaba todas las cabezas. Había que hacer el cálculo de lo que veías y lo que luego encuadraba. Yo era  muy autodidacta, aprendía a base de fracasos, no tuve profesores de ninguna clase. Parece mentira que con ella hiciera tantas fotos…

Es increíble que aún conserve esta joya.

            Bueno, se la regalé a mi sobrino al irse a Argentina, se solía regalar algo de valor cuando alguien partía tan lejos, a América. Yo le dije: “No tengo una perra gorda, pero te voy a dar el mayor capital que tengo, mi cámara.” Cuando falleció él,  su viuda me la devolvió, la requerí para poder usarla en alguna exposición.

¿Cuántas cámaras ha tenido en su vida?

            He tenido cuatro. Primero la Baby Brownie de Kodak que te he enseñado del año 33. La Fowell la compré para el concurso de noveles, en 1955, y la conservé hasta la compra de la Rollei, el año siguiente, lo compré todo a plazos y me metí en 30.000 ptas. El de la tienda se fiaba de mí porque me veía siempre en el boletín. La Konica ya la compré en los dos años siguientes, ya era 35mm.

¿Qué opina de la gente que empieza ahora?

            Yo creo que practicando se puede aprender casi todo, así aprendí yo. Quien tenga facilidades y buenos maestros, estupendo. Yo sabía lo que me decían en las tiendas. Lo demás lo tuve que aprender por mi cuenta.

Pero no todo se puede aprender…

            Una persona que tenga sensibilidad y sentido común puede hacer estas fotos y mejores, pero hay que nacer con ello, sobre todo con sensibilidad. Las cosas se te tienen que ocurrir, hay que tener imaginación.

¿La forma de mirar de un fotógrafo evoluciona a lo largo de la vida?

            Por supuesto, es una evolución lógica, todo se transforma. Haces cosas y luego descubres lo fácil que es hacerlo de esta otra manera…

¿Hay alguna foto que no pudo hacer en su momento y que ahora haría?

            Ya no hago fotos, siempre se quedan cosas por el camino, es una lástima, quizá en algún momento veo una buena foto pero no llevo cámara…

Ha ganado usted muchos premios.

            Muchos, cuando revisé las medallas que tengo y reconocimientos, pensé que eran de  participaciones, pero también tengo muchos premios, alguno del Ministerio de Cultura, y la Dirección General de Agricultura, por “Caperucitas blancas”.

            Íbamos a salones, las exponían, o no, te las devolvían, y a veces no se enteraba uno de nada. Hubo una foto que presenté en el cincuenta y tantos, era una foto que estuvo en lo salones y en principio pasó desapercibida.  A los treinta años, cuando Guadalajara me sacó del pozo, mandé esa foto para la exposición, y de repente el Ayuntamiento de Leganés me da 225 € por ella. Si me dan 37. 436 ptas. hace treinta años, hubiera sido el amo. Titulé esa foto “Futuros campeones”. Es curioso. Incluso el título tiene más sentido ahora.

¿Tiene  planes para el futuro?

             Ahora los leoneses Armando Casado y Jesús Palmero preparan un libro con mis más de cuatro mil negativos que les he enviado para que hagan la mejor selección. Al ver el material se han quedado asombrados. También se está intentando una exposición de la mano de Pedro Taracena, acerca de “La otra escuela de Madrid” en el Reina Sofía, a ver si sale.

 

LAS EXCURSIONES DE LA RSF

Vicente Nieto Canedo retrató con naturalidad y candor, a familiares, niños, mujeres de vida rural y escenas cotidianas no exentas de miseria y pobreza que huelen a una España que luchaba por latir. Las excursiones organizadas por la RSF sirvieron para fraguar una nueva cultura del fotógrafo fuera de los estudios. El caso es que Vicente Nieto siempre había estado ahí fuera, en la calle, entre otras cosas por ser un amante de la luz natural, que nunca en su vida utilizó el flash.

¿Las excursiones les sirvieron de motor para huir de otras tendencias como la fotografía de estudio, el salonismo, o el pictorialismo?

            Nosotros nos salimos de eso y nos fuimos a la calle, sin pensar mucho más, simplemente a retratar lo que veíamos.

Era un verdadero acontecimiento veros “desembarcar” en un pueblo, ¿no? A la gente le debía de resultar expectacular.

            Hombre, te cuento una anécdota, el secretario, Rafael Romero, era un fotógrafo estupendo. Compró una Rollei y la estrenó en una excursión, y no le funcionaba, porque tiene un sistema que si haces algo mal no funciona. Íbamos a las casas pidiendo un cuarto oscuro, nadie nos dejaba, pensaban que les íbamos a robar. Así que en plena plaza, con una gabardina puesta al revés y metiendo los brazos por las mangas, manipuló la cámara según mis indicaciones. Pero la gente del pueblo lo que pensó es que estaba robando gallinas…

¿Cómo se organizaban los viajes?

            Salíamos de excursión una vez al mes. No teníamos dinero y hacíamos sólo unos cien kilómetros  porque más era mucho dinero. El secretario se llevaba mujer e hijo pero ponía la comida. No había una perra. Íbamos a un pueblo, y cada uno hacía las fotos que quería, yo no me atrevía a hacer fotos dentro de las casas, si no hubiera hecho mejores fotos. Si no hubiera sido tan tímido hubiera llegado mucho más lejos.

¿Hizo buenos amigos?

            Si, en La Fotográfica daba gusto, siempre nos reuníamos un grupo, “Traigo un fijador… buah es espectacular… y este revelador…” hablábamos de todo.

¿Escogía usted las localizaciones?

            Donde íbamos buscaba lo que me gustaba, yo no he escogido nada. Recuerdo que Pedro Bernardo era un pueblo muy bonito para fotografiar, ahora estará trasformado.

Le gustaba fotografiar niños, por ejemplo.

            Un tío de mi mujer trabajaba en la RENFE, lo echaron de Madrid y le apartaron por motivos políticos y se fue a  Irún. Cuando yo ya estaba colocado y ya podía permitirme el veraneo, pensamos que estando ellos en Irún podríamos veranear  en San Sebastián, así, donde iba la alta sociedad. En una ocasión me llevé a toda la familia, mi cuñada y sus niños, sobrinas, y cuando el tío nos vio llegar… “No se preocupe que nos arreglaremos todos”, le dije. Hice a los niños unas fotografías en Irún que son deliciosas. “Con el culo al aire” y “Retrato familiar” son dos referencias.

 

LOS AÑOS 50 Y LA ESCUELA DE MADRID

En aquellos años 50 quizá no era consciente de que un día podría mostrar su trabajo y ser admirado por su excelencia artística y su sencillez plástica enmarcadas en lo que algunos ya denominan “Neorrealismo hispano”, próximo también a la famosa Escuela de Madrid de la que es coetáneo y con la que se relacionó con asiduidad y en la que el propio Nieto y allegados al fotógrafo reclaman su sitio público.

¿Qué puede decirme de la Escuela de Madrid?

            No me ocupaba de nada de eso, me encargaba del boletín. Tenía que hacer casi veinte páginas todos los meses. Salía de trabajar y en lugar de irme a hacer ampliaciones me iba a La Fotográfica para ver si tenía original para hacer el periódico.

            El presidente era Ignacio Barceló, pero él estaba centrado en el negocio de su revista. Los que pitaban eran los de Barcelona, lo de Escuela de Madrid lo inventó un catalán escribiendo en un artículo. En Barcelona por ejemplo no había grupos, allí cada uno hacía lo que le daba la gana.

Pero en Madrid sí hubo un auge de los movimientos asociacionistas dentro de la propia Real, ¿no gustaba a muchos socios porque se sentían excluidos?

            Bueno, primero surgió ‘La Palangana’, ahí no cabían más que cinco. Uno de los nuestros, formó ‘La Colmena’ como respuesta a ese grupo, donde cabían todos. Luego ya empezó la guasa y surgió ‘El Candil’, etc. Tuvo que intervenir la directiva porque estuvo a punto de irse a pique la Asociación.

Estudios realizados por su buen amigo Pedro Taracena apuntan a que el grupo La Colmena fueron discriminados en la memoria histórica de lo que hoy se considera oficialmente La escuela de Madrid.  ¿Qué opina?

            Claro, es así. Creo que la discriminación vino por el tema de la política. Decían que no había miseria, y había mucha, mucha más que ahora, pero te prohibían hacerla. Yo hacía a una chica gitana pero cuando no tenía a la policía detrás.

            La Palangana era más afin al Régimen. Dolcet por ejemplo no era de ellos, pero lo incluyeron porque era muy bueno, tenía dos primeros premios internacionales y a Sigfrido igual.

            La Colmena tampoco funcionaba tanto como equipo, fue más una respuesta. No hubo exposiciones, por ejemplo, ni de la Colmena ni de la Palangana, simplemente se juntaban unos cuantos para hacer fotos.

El caso es que según estudios recientes, en la Escuela de Madrid solo hay seis fotógrafos reconocidos, y sin embargo otras fuentes, también relevantes, apuntan a que a este grupo pertenecieron un total de 22 fotógrafos.

            Sí, es indignante.  Y solo se publican fotos de esos seis en el libro de la Asociación, aunque si nombran el grupo de la Colmena.

            Mis fotos eran cien por cien del estilo de la Escuela de Madrid, mostraban la calle siempre, nada copiado de nada. Otros venían del salonismo, de los estudios. Eran fotógrafos estupendos, pero no se les ocurría hacer la calle. Los tiempos cambian y se ven las cosas de otra manera, en la calle hay cosas preciosas que trasmiten muchos sentimientos. Cuando entré en la Real en 1955 precisamente, es cuando empezaron a producirse estos cambios en la fotografía, Italia, Alemania, enseguida en España surgieron reacciones. Pero es que yo 20 años antes de entrar a la Real ya hacía este tipo de fotografía.

Entonces se considera usted enmarcado en la corriente de la Escuela de Madrid

            Yo soy de la Escuela de Madrid desde que he nacido, como digo, veinte años antes de entrar en La Fotográfica yo ya hacía fotos así, yo siempre hacía la calle. Por eso las fotos que yo hacía, sin saber nada de corrientes ni de la Escuela de Madrid, ya eran consideradas modernas. Sainz Lobato decía: “Nieto es de la Escuela de Madrid como un pino”. (Se ríe). Claro, yo nunca hice fotos de salón.

Buscaba usted el reflejo de la realidad social española.

            Exacto, cómo vive la gente, cómo es.

¿Había una cierta intención de denuncia al querer mostrar como vivía la gente?

            Yo no hacía nada pictórico, por ejemplo, pero no por eso  mis fotos tienen que tener intención de denuncia. Echarse a la calle en ese momento parecía algo desagradable. Hay quien defiende a solo seis pertenecientes a la Escuela de Madrid y artículos que dicen que no había miseria. ¿¿Cómo que no había miseria?? Lo que pasa es que la mayoría de ellos no retrataban la realidad tal cual. Por ejemplo, mis fotos de las gitanillas son miseria pura, si me hubiera visto un guardia civil no me las hubiera dejado hacer, pero claro, no íbamos a tener un guardia civil detrás de cada uno, (se ríe). Igual que la foto de “Guardias civiles de verbena”, me la hubieran prohibido. Esa foto sí tenía esa intención ya, yo sabía que eso no se podía publicar en la dictadura.

Y no la publicaste ni la presentaste a ningún concurso, claro.

            No, qué va, ni la amplié siquiera, si la hubiera intentado publicar me hubieran metido en la cárcel. Tenía el negativo y la he rescatado. El título tiene dos acepciones, es gracioso. No pretendo ser molesto, muestro cosas absurdas, y tiene gracia, la guardia civil tirando al blanco, pero con la dictadura no había nada que tuviera gracia…

           

A Vicente le brillan los ojos recordando sus años dorados como fotógrafo amateur, entre 1955 y 1963,  a pesar de ser una época marcada por la enorme crisis económica de la que España intentaba salir tras muchos años de hambre. Lo importante para él no es que, como muchos españoles, casi termina en Alemania de friega platos, sino que encontró trabajo de agente comercial. Lo que más recuerda no es el racionamiento alimenticio que estaba por terminar, el estraperlo o la corrupción, la autarquía o cómo salir del asilamiento internacional, sino su intensa actividad fotográfica dentro de la RSF, que aún hoy ama profundamente. Él habla de su vida como fotógrafo amateur con pasión. Sus ojos vieron e inmortalizaron aquella época de crisis porque él fue de los pocos fotógrafos  que como él mismo dice, “siempre hizo la calle”. Pero los recuerdos buenos prevalecen y más si han dejado un legado artístico como el suyo.

 

Texto y entrevista: Beatriz Acinas Villanueva

Fotografías: José Luis Tejedor