| Una historia de la RSF en imágenes |
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De tertulia a club: los inicios Las agrupaciones fotográficas surgieron en Europa en la segunda mitad del siglo XIX con el objetivo de fomentar el encuentro de los aficionados. En estos primeros pasos de la fotografía, las asociaciones servían de escuela o galería y eran auténticos clubes sociales. Manuel Suárez Espada propuso al Círculo de Bellas Artes de Madrid la creación de una sección de fotografía, que quedó formada por casi dos docenas de socios en febrero de 1899. Pocos meses después, sus integrantes se constituyeron como agrupación independiente. Las proyecciones, conferencias y pequeñas excursiones por los alrededores de la capital se convirtieron en sus actividades más populares pero, sin duda, el evento de mayor repercusión durante estos primeros años fue el I Concurso Nacional de Fotografía, celebrado en noviembre de 1901. Sus importantes premios, su altísima participación y la visita de Alfonso XIII a la exposición posterior, fueron un impulso trascendental para la sociedad a la que el Monarca otorgó, años después, la gracia de ostentar la denominación de Real Sociedad Fotográfica, con la que aún se la conoce. Escenas pictorialistas Aunque en el resto del mundo el pictorialismo se había abandonado y sustituido por nuevas estéticas, en España no sólo continuaba ejerciéndose, sino que era el modelo fotográfico más popular. Antonio Cánovas del Castillo, Baltasar Hernández Briz y Jose María Álvarez de Toledo, entre muchos otros, contribuyeron a dar prestigio a este tipo de imágenes alegóricas y mitológicas, inspiradas en la pintura y en la literatura. Tras unos años de crisis económica y cierto aislamiento artístico,
En la misma línea, y ya en 1929, se organizaron un concurso para principiantes, que trataba de descubrir jóvenes valores –a pesar de que se ha criticado mucho el inmovilismo de
El ambiente prebélico que comenzó a vivir España en la mitad de los años 30 también afectó a
Tras las sombras, una visión moderna La posguerra supuso un periodo de gran estancamiento para
Sin embargo, de forma paradójica, esta época es la de mayor actividad expositora; todas las asociaciones organizan concursos y participan realizando envíos. Los salones fotográficos actúan como una auténtica red de exhibiciones que perpetúa un estilo conocido como tardopictorialismo. Esta estética, en cuanto a su temática, proponía una recuperación de los valores tradicionales, escenas y costumbres españolas en trance de desaparición. Así, las imágenes se llenaron de trajes regionales, labriegos, procesiones y paisajes de postal. Mientras que en lo formal, los fotógrafos trabajaban con complejos procedimientos pigmentarios, que dejaban al autor una enorme libertad creativa, en un intento de dotar de un aura artística al procedimiento químico. El exponente más conocido de esta línea es José Ortiz-Echagüe cuya enorme figura ensombreció, sin pretenderlo, el también valioso trabajo de otros autores como Eduardo Susanna, Francisco Andrada o José Tinoco. La Escuela de Madrid El inicio de los años 60 implicó un impulso renovador en la estética dominante con la aparición de nuevos autores inmediatamente etiquetados de “modernos”. Algunos de ellos se organizaron en grupos como
Este término engloba a parte de los socios que, superando las formas pictorialistas, apostaron por una fotografía de lo cotidiano, llena de fuerza y humanidad. El reflejo de lo popular que hace Masats; los retratos de Cualladó; las escenas sorprendentes de Vielba; los sencillos paisajes de Paco Gómez… representaron un auténtico soplo de aire fresco en la anquilosada fotografía de aquel entonces y el trabajo de todos ellos supuso uno de los movimientos más importantes de la escena fotográfica española. Cambio generacional En 1971, la presentación de la revista Nueva Lente, significó una verdadera revolución en el mundo de la fotografía. Dirigida por Pablo Pérez Mínguez, primero, y por Jorge Rueda, más tarde, muestra en sus páginas las obras de Cristina García Rodero, Elías Dolcet, Miguel Oriola…, jóvenes formados en las tertulias y concursos de la agrupación madrileña, que fueron bautizados como
Cien años y un pie en el nuevo milenio Durante las últimas décadas
En 2001, todo su patrimonio se trasladó desde su sede de toda la vida, en la calle del Príncipe, para acomodarse en un local del madrileño barrio de Lavapiés, donde continúa sirviendo de nexo de aficionados y compartiendo el tesoro documental que constituye su colección fotográfica y bibliográfica. |
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